Hubo un tiempo en que creía con Diógenes el cínico que «soy ciudadano del mundo», y me pavoneaba con la sensación de que «una brizna de hierba siempre es una brizna de hierba, ya sea en un país u otro». Ahora siento que cada brizna de hierba tiene su lugar en la tierra del que extrae su vida, su fuerza; y también el hombre está arraigado en la tierra de la que extrae su fe, junto con su vida.